Las chicas Atardecía. El vaquero dejó que sus dos compañeros de viaje se adelantaran perdidos en su diálogo para tener un instante de soledad. Sacó el Colt de su cinturón, abrió el tambor y chequeo las balas. Una en cada recámara. Las sacó, las examinó una por una y volvió a colocarlas en su lugar. Volvió a poner el arma en la cartuchera, se acomodó en la silla y espoleó al caballo para alcanzar al ninja y al gris que iban unos metros más adelante, mientras hablaban sin parar.
- Falta poco. – les dijo interrumpiendo la charla.
- ¿Dónde vamos Virginiano? – preguntó el extraterrestre.
- Los Melendez, un pequeño pueblo cerca de aquí. Ahí esta la casa de las chicas de Corsaria. Llegaremos antes que anochezca.
Un par de horas mas tarde, en el horizonte, Los Melendez brillaba como una procesión de monjes con velas. Pero, en realidad, Los Melendez poco de religioso tenía: el pueblo consistía de unas pocas casas habitadas por buscadores de oro, una tienda de ramos generales, y una enorme y antigua casa, remodelada para parecer un barco pirata a primera vista, en la que funcionaba una casa de burlesque.
Atravesaron la calle principal en dirección al “barco”, donde se escuchaba música de pianola y gritos de fiesta.
Ataron los caballos al palenque frente a la puerta y se dispusieron a entrar. El vaquero detuvo a sus amigos que estaban anonadados.
- Muchachos. Quiero explicarles una cosa.
- ¿Qué cosa señor Virginiano? – dijo Kogaichi casi enojado, quería entrar y tomar un trago, estaba exhausto.
- Bien, solo es que… bueno. Mi amiga Corsaria no va a estar muy feliz de verme. Al menos al principio.
Los otros dos se miraron y asintieron con picardía.
- Y lo otro… - continuó su explicación,buscando con la vista la forma de decirlo – Las chicas de Corsaria son algo, distintas. Simplemente, no se asusten.
- ¿Crees que por ser de otros lugares las mujeres nos parecerán extrañas? – dijo el japonés.
- En mi mundo las mujeres son muy parecidas a las suyas, solo que sin cabello. – replicó Meng.
El vaquero sonrío.
- Entonces no será un choque para ti, forastero. Entremos.
El jolgorío era colosal. Borrachos peleando en medio del salón, tres chicas bailando en el escenario y un gordo enorme sentado a la pianola con una flacucho violinista a su lado riendo como locos.
El japonés miró a las chicas del escenario emocionado.
- ¿Por qué creiste que las mujeres de este lugar me parecerían extrañas? – preguntó a viva voz. – Esas bailarinas son muy atractivas.
- Mira otra vez. – contestó el Virginiano mientras se apoyaba en la barra del bar.
El ninja las miró detenidamente. Una de ellas tenía una espantosa cicatriz por quemaduras que le arruinaba la parte izquierda del rostro. La del medio (una rubia hermosa) tenía un brazo menos y quizá (de lejos no lo notaba bien) tenía una sola oreja.
La morocha de la izquierda no tenía nada, al menos a la vista, no dejó que su imaginación fuera mas allá.
El ninja comenzó a mirar a su alrededor y notó lo mismo en todas las mujeres presentes: cicatrices, lastimaduras, heridas, falta de miembros, orejas u ojos. Buscó al alien para comentar su “descubrimiento”, pero lo vió charlando con dos morenas que parecían gemelas, a las que les faltaba un brazo a cada una.
Se volvió para decir algo al vaquero, pero este pareció leerle la mente, y le habló antes que pronunciara palabra.
- Si mi amigo, todas tienen “algo”. La guerra provoca eso, y en las mujeres queda aún más truculento. – dijo mientras de un trago se tomaba el tequila del vaso.
- Pero… pero… - el japonés no podía articular frase.
- Pero eso no las hace menos hermosas. – lo completó su compañero.
La música sonaba, la gente se divertía. Y el ninja dejo pasar su estúpido asombro y fue a sentarse a una mesa con una colorada tuerta de dulce rostro y enormes pechos. El vaquero sonrío otra vez.